Sin opción…

Llevas meses pensándolo. En el fondo, rezas porque la cosa cambie, esperas que suceda un milagro, que alguien con suficiente capacidad haga algo. Ves los días con creciente desesperación. Se te acaban la comida, las reservas, las fuerzas. Miras tu casa, lo que consideras tu hogar, de pronto, cada cosa por pequeña que sea adquiere una nueva dimensión, te recuerdan el momento en el que te la regalaron, el día en que tus hijos descubrieron el potencial de ese adorno para ser una pistola, un caballo, un carro de cerreras. Quisieras llorar a mares, pero tus hijos, tus padres, tu pareja están allí, sintiendo lo mismo que tú, esperando lo mismo que tú. Y te tragas tus lágrimas.

La decisión es demasiado dolorosa, no la quieres siquiera considerar. Esta es tu casa, tu hogar, de aquí eres, aquí está todo lo que has construido, todos los juguetes de tus hijos, los libros de tu vida, las fotos de tu historia. Tu historia. Todas las cosas y hechos que certifican tu presencia en la tierra. Todo. No quieres ponerte en la disyuntiva. No. Mejor esperar a que mañana, algo, alguien, lo que sea, cambien el rumbo de las cosas.

El único lugar en el mundo en el que te sientes seguro. Eso es lo que vas a abandonar. En una parte de tu corazón quieres creer que volverás y todo será igual. En el fondo, sabes que solo es una ilusión, una mentira que te quieres creer para que dar el paso no te duela tanto.

Quisieras llevarte todo, pero sabes que en el pequeño bolso solo entran la ropa de tus guaguas, algo de agua, algo de comida. Tus hijos quieren llevarse el juguete más grande y tienes que convencerlos de que en realidad quieren a otro más pequeño, uno que puedan cargar ellos mientras tú los cargues cuando las fuerzas se les hayan acabado.

Sales de casa. Cierras las puertas por puro acto reflejo. No quieres decirlo, las lágrimas empiezan a brotar. Adiós. Adiós casa, vida, historia, amigos, familia, profesión, estudios, juegos… Sueños.

A caminar. La frontera, el sitio seguro están a kilómetros de caminos polvorientos. Mientras caminas, intentas hacer llevadero el camino, haces bromas, juegas con tus niños. Te hiela la sangre cada vez que ves un control, no sabes si son el ejército o los rebeldes, no sabes si vas a poder pasar, si habrá disparos, para dónde correr. En un momento de pánico no hay plan que valga. Ojalá tu esposa conserve la calma, tus hijos recuerden quedarse pegados a ti, ojalá Alá (o Dios, da igual) te cuide.

Llevas días enteros caminando. Cualquier juego que usaste ya no sirve, tú mismo ya no quieres jugar a nada, así que tus hijos se ponen más irritables, lloran más, pelean más entre ellos. Te enojas, te enfureces, los retas. Luego te calmas, sabes que no sirve de nada. Necesitas mantener la calma, todavía está lejos la frontera y aún no sabes si seguir caminando o subirte a un bote.

Intentas dormir, sueñas inquieto recuerdas tu vida, la vida de tus hijos, no sabes qué decir, cómo explicarles que la estupidez humana es infinita, que no hay razón que justifique la guerra. No sabes cómo contarles que los que ayer les dispararon a sus tíos (tus hermanos) eran los mismos que anteayer eran compañeros de juego. Tú mismo no alcanzas a entender en qué momento todo se fue al carajo. Nadie mismo entiende cómo es posible que la bella ciudad en la que vivías ahora sólo sea un despojo destruido.

Y te sigue carcomiendo la duda, el miedo. Tienes que hacer que tus hijos sobrevivan el camino. Tú mismo tienes que sobrevivir el camino. Huir era la única solución posible para escapar de la muerte segura, por hambre, por balas, por terroristas. Y la huida tampoco te garantiza que vivas, que vivan. De a poco te vas acercando al momento de la verdad. Ese instante en el que la vida te mostrará si fue la mejor idea de tu vida, o solo postergaste lo que resultó inexorable.

Subes a todos al bote, te subes al final, miras las nubes… ojalá el oleaje no sea maldito.

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Acerca de sucocastillo

Candidato a Doctor en Ciencia Política y de la Administración UCM - Reforma del Estado - Gestión Pública - Simplificación Administrativa
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