La falacia de la Unidad

En tiempos de política light, ser tibio es una virtud. La misma tibieza y acomodos que vimos – sufrimos – en los últimos años del siglo pasado y los primeros de este, se van repitiendo. La circularidad de los tiempos andinos nos hace volver – intentar volver – a pasados superados pero no olvidados. Aquellos días de pactos de la regalada gana vuelven a estar presentes.

Muchas cosas han cambiado en este país desde hace ocho años. Es una pena que la clase política no haya cambiado. La búsqueda del poder para satisfacer intereses particulares a cualquier costo nos costó, para qué recordar, lo que nos costó. Y hoy volvemos a ver las mismas prácticas, las mismas acciones del pasado, hoy disfrazadas de un manto de aparente pulcritud, de diáfana transparencia, de madurez política.

De pronto, las ideologías ya no cuentan, ya no importan. Se repiten los libretos de esos años de mayorías móviles y repartos a granel. Nos intentan convencer de que está bien, que es deseable que así se construye la democracia, cuando en una mesa se sientan a comer fanesca la máxima representación de la derecha retrógrada, con la, dizque, nueva forma de izquierda radical y a un hacedor de conceptos tautológicos, imperdonables por cierto para cualquier cientista político.

Que sentarse a conversar no es malo, que es lo que le hace falta a este país y a esta cultura política. Que lo malo es la confrontación, la discusión de ideas, que el pueblo quiere diálogo. Ni lo uno ni lo otro. Peor que el pueblo quiere diálogo. El pueblo, cualquier, usted que lee esto, su vecino, su familia, cualquier ciudadano quiere un gobierno que gobierne, que tenga un plan, que lo cumpla y que le dé resultados económicos, sociales, productivos.

Estos aspectos (más otros) son la base de la construcción de un proyecto de país. Las respuestas a cómo garantizar desarrollo productivo – económico y social son la razón por la que un político, que se precie, participa en elecciones. Las respuestas a estas inquietudes se construyen sobre ideología, no sobre buenas intenciones. Lo que se conversa no es el plan de campaña del consejo estudiantil del colegio, es cómo llevar a la gente de este país de un estado actual a uno futuro deseable para todos.

La unidad entre pares – similares – ideológicos tiene sentido, es deseable y esperable. Que a la misma mesa se sienten extremos de derecha e izquierda no es posible – realmente – ni plausible. Esta unidad solo sirve para una cosa, enfrentar a Correa y, en teoría, ganar las elecciones, en teoría. Y nada más.

El día siguiente de un hipotético gobierno de izquierda – centro – derecha – (o sea de todo y nada) es una guerra ideológica para la toma de decisiones. Carrasco podría querer aumentar los impuestos a los más ricos, Nebot quisiera bajarlos, Rodas no sabría. Carrasco quisiera potenciar a pequeños y medianos productores, Nebot se concentraría solo en las grandes empresas, Rodas recurriría al concepto de alianzas público – privadas, sin saber mucho para qué. Carrasco quisiera mantener el tamaño del Estado, Nebot quisiera reducirlo y privatizar todo cuanto podría, Rodas también. Carrasco quisiera ampliar la bailoterapia, Nebot se la daría a una fundación “sin fines de lucro”, Rodas preguntaría qué es eso.

Es una gran mentira la palabra unidad cuando está pegada con babas. Esta famosa unidad no es más que una muy bien elaborada y marketeada pantomima que quiere hacer pasar por buenos, estadistas, dialogantes a dos claros y evidentes políticos arbitrarios, autoritarios y gritones y un tibio que por alguna razón se cree ungido. Al final del día, lo único que representa esta unidad es una vuelta al pasado disfrazada de nuevos tiempos.

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Acerca de sucocastillo

Candidato a Doctor en Ciencia Política y de la Administración UCM - Reforma del Estado - Gestión Pública - Simplificación Administrativa
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